Quizá sea por sus geniales melodías –que han sido versionadas por Superchunk, The Divine Comedy, Lush o Frank & Walters–, quizá por sus brillantes letras de amor o puede que por hacer pop como nadie lo hace o, mejor, como nadie se atreve a hacerlo –ritmos ochenteros, percusiones inclasificables y una voz definitivamente anti pop–, The Magnetic Fields es uno de los grupos más brillantes, enigmáticos y deliciosos de los últimos años.
Tras cuatro años de silencio, la banda neoyorquina liderada por Stephin Merrit –compositor, productor, intérprete y sin duda uno de los grandes genios de nuestro tiempo– vuelve con Distortion, álbum en el que retoman la baja fidelidad de sus primeros trabajos –Distant plastic trees (91) y The wayward bus (92)– y el ruido contagiado de drama y nostalgia, alejándose de las suaves melodías orquestales que dominan en la extraordinaria trilogía 69 love songs (99) y en I (04). Merritt juega con su maestría y lo mismo da lustre a sus canciones con la electrónica que con alguna variedad de folk minimalista o, como ahora, con Distortion, intoxica con guitarras sus siempre magníficas letras.
Elegante y sugestivo, Distortion sigue confirmando la habilidad de The Magnetic Fields para entregarnos pequeños himnos pop y para componer con arreglos musicales poco ortodoxos. En suma, siguen maravillándonos con su talento inagotable y fascinándonos con su imaginario de sueños etílico-imposibles y corazones rotos.